Acrobacias
Saltando como un cabrito retozón
por entre los peñascos, te divertirás
en el vacío.
Comerás pedazos de roca musgosa
para probar la fortaleza de tu estómago,
y ascenderás más alto, cada vez, para tener la
certeza del vértigo.
Descenderás sin temores resbaladizos
y entre las grietas—oscuros ojos del abismo—
contemplarás una flor
que se abrió para tu asombro.
Y entenderás también, que en las pendientes solitarias,
hay otra vida… como emergiendo de las acrobacias del sueño.
Globo de simulación
No volveré al circo.
Percibo tanta angustia en ese toldo que me oculta
el cielo. Allí, debajo,
como en un oscuro sótano
donde se planea asesinar la risa,
un tigre de Bengala hace piruetas aprendidas,
se olvidó caminar recto
y sus dientes se muestran temerosos.
Las boas no distinguen entre el sueño y la pesadilla.
No hay alegría en el movimiento de los perros,
les falta el esplendor de la risa
y la caricia de la mano que no pide nada.
En esa cárcel ambulante de la simulación,
abigarrados colores
ocultan la opacidad de la tristeza.
El payaso ríe con un rictus de dolor.
Y la muerte se tambalea en las cuerdas.
La muchacha queda ilesa,
pero con el mismo presentimiento
que estremece el corazón.
Un elefante mueve su trompa en seco;
el recuerdo de los ríos y los lagos
produce espasmos en su memoria.
Todo bebé que nace en el circo,
envuelto en colorines,
es un precipitado payasito
que huele en el vaho de los caballos y los osos
la añorada libertad que, en otro tiempo,
disfrutaron en bosques cálidos,
poblados de musgos, pájaros y helechos,
donde sólo se escuchaba la melodiosa
carcajada de la selva en sus vaivenes.
Fui pocas veces al circo
y no volveré jamás.
Le dije adiós a ese paisaje desvencijado,
arrancado como una entraña de la tierra.