Ojos de luna nueva 1

Hoy no has oído cantar al ruiseñor

Rehúye el auto calificativo  de poeta.
Puede ser una ingenua o soberbia razón.
Poeta no es un título que se adquiere,
o una destreza que se aprende.
Nunca digas que eres poeta.
Deja que lo diga el mar y sus barcos que se alejan
atisbados por albatros.
Que lo diga la joven luna con sus dos puntas
hendiendo el espacio…
Que lo digan o lo desdigan tus versos.

Hoy no has oído cantar al ruiseñor.
No lo has oído cantar.
Cantó ayer, sin que lo aprendiera de nadie.
Hoy, ausente como él está su canto.

Te apena no oírlo cantar más a menudo.
La alegría es escurridiza como la sombra
de ese nombre por entre el ramaje
de un bosque lejano mecido por el viento.


Amores y paraísos perdidos 

Vivió feliz con ella, por espacio de veinte años.
Tan feliz que decía haber reconstruido el paraíso:
viajaban, cantaban, nadaban, reían entusiasmados,
practicaban el tenis…, y hacían de sus sueños realidades.

Y si discutían era por problemas de poca importancia,
que los resolvían con la mediación del afecto y la tolerancia.
Nunca sus ojos se humedecieron por el llanto.
No necesitaban  hablarse para comunicarse sus sentimientos.
Sus solas miradas eran mensajes de ternura;
y sus gestos la demostración de un amor sin marchitez.

Pero después de cierta noche, al amanecer,
el horizonte ennegrecido  enlutaba el día;
y la puerta de una casa no se abrió como de costumbre.
Forzadas las cerraduras, el que ingresó se encontró
con la sorpresa de una mujer anegada en sangre,
y mutilada, sobre su lecho.
Y su marido, quien cometió ese horripilante asesinato,
como se constató después, había huido hacia algún
reservado escondite.

Y truncado su felicidad de largo tiempo, compartida,
con su amada, en su paraíso prefabricado, en el que él,
advenedizo Adán, con su mano criminal destruyó
las cláusulas del contrato.

El poderío de las aguas

Gran Río que atraviesas regiones infestadas
de seres conocidos o extraños como la muerte
que viene adherida a sus entrañas.
Regiones infectadas de enfermedades que con el hambre
son peste de padecimientos.
Sin conocerte te veo correr por entre esa selva
donde esqueléticas sombras se esconden entre la hojarasca
hostigadas por el miedo.
Donde el silencio se contagia del gemido de los perseguidos.
Donde la pobre quietud de los indefensos dura lo que duran
las fauces abiertas de los poderosos hambrientos.
Sigue tu curso, río  circundado por un  calor  como proveniente
de las honduras de la tierra.
Río de los mil rostros que los muestras en tus sinuosidades,
rápidos y precipitaciones de tu marcha a lo largo de tu recorrido,
o cuando la del cielo cae abundante, y erizada de cristales te hiende
para perderse entre las tuyas.
¡Cuánto contraste en tus aguas!, ¡cuánto dolor en tu lecho
y en tu selva hermana!
Tu sabes de ese martirio y no lo alivias, te acoges fiel a tu destino,
río de los silencios sin nombre, de los silencios sin tiempo.
No existen nombres para las caras duras de los muertos,
y no es todavía el tiempo en que se levanten en un día glorioso
que  termine tanta penuria y tú dejes de ser morada para que
tu agua pura sea una estela de transparencia sobre la llanura
de los vientos: mantos sagrados de purificación.
Aunque no te vería tan hermoso sin tu noche anerviada.
sin el poderío de tus aguas, y la anchura de tu cuerpo.
Sin tu selva y sus animales migrando, devorándose o huyendo
cual seres fantasmales por las resecas llanuras que visitan
periódicamente los emisarios de la muerte.

                        No resucitarás para mis ojos.
                        Sigue así:
                        oscuro, y enceguecido en tus crecidas,
                        elevándote como un elocuente dios altivo:

                                              ¡Congo, Zaire!

Ese otro que es uno mismo

Hay una Teresa que va conmigo.
Conversamos, giro la cabeza para hablarle
Porque va a mi lado, y me indica el restaurante
donde cenaremos. Llegamos: me mueve la silla,
y llama al mesero.
Salimos: me recuerda las diligencias que debo realizar.
Me aprieta el brazo y me jala de la camisa
para indicarme que no debo atravesar la calle
con precipitación.
Duerme a mi lado y salta a la madrugada
para abrirme la puerta del baño.
También elige mal y me traiciona, me toca ahí
la reconvención hacia mí misma.
Entonces vuelve a ser inmejorable compañía:
leemos juntas y cantamos a dos voces, canciones
que yo canté en otro tiempo.
No necesito a nadie más que a ella
para soñar, cantar, salir , divertirme
y hasta para morir:
Ella me lleva de la mano de Dios hacia lo eterno
y responde ante Él por mis actos mundanos,
pero es tan perspicaz, que ante cierta pregunta
del Juez Celestial responde: “Esos actos no los cometí yo,
son de ella” y me señala con su dedo nacarado
y su uña de ala, recta como los silencios
de los seres que habitan ese  abismo de la altura.
Ahí termina el juicio.
Le ordenan que se siente a la diestra de Dios Padre…

Y yo aquí purgando en soledad todas mis culpas.

     

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Una reflexión sobre la poesía