Cumbre de Levitaciones
Ciudad casi olvidada.
monosílabo de dulzura.
Ru-ru-ru
te pronuncian al revés las ranitas
saltando por entre las piedras de tu río.
Ru- ru-ru
y de repente sopla un viento
que abre el telón de los recuerdos.
Límpida escena: sale el Patriarca, camino
hacia el lugar donde se afianzará su fe
en el sacrificio.
Avanza la escena: un hombre adusto interpreta
esta historia, en Copenhague.
Dádiva de vida
En el tronco combado del chamizo
se asienta el petirrojo,
y parece una diminuta estrella fugaz,
un corpúsculo ígneo dispuesto a
renovar el mundo
con su fuego inicial.
El petirrojo le prende un botón púrpura a la desolación.
Es un soplo alado sobre una frutilla de maduración tardía.
El sol se pone tras el horizonte
y se escucha una explosión de alas
en los oscurecidos predios de la tierra.
Vuelan pájaros, ángeles, fantasmas, la yerba levita…
Y esa dádiva de vida, el petirrojo, penetra como
una flecha en el matorral, resguardado por un cielo
de sombras.
Tatuaje en verde
Con mirada retrospectiva observo esos árboles
que eran como mis hermanos.
¿Qué digo? ¡Eran mis hermanos!
Conservo nítidos sus nombres.
Así como los llamaban expertos leñadores
están ahora tatuados en mi recuerdo.
Todos me prodigaron sombra y elevaron mi espíritu
con el esplendor de su belleza.
El lechudo, de raíces aéreas, donde jugaban a los escondrijos
los homúnculos que un chamán creara en noches de alta magia.
El guácimo trepado por engullidores insectívoros, vi escapar algunos
grillos
de sus agudos picos.
El dormilón, alto y frondoso, de madera sonrosada, que ardía
con dificultad.
Árboles todos, próximos en el recuerdo, lejanos en las abiertas
latitudes: el mangle, el abeto, la corpulenta encina…
Árboles que no planean el mal,
a los que no corroe la perversidad de la carne,
ni el maleficio de los empinados cerros de cobre,
que resuenan en las cabezas, y apresuran y traicionan.
Árboles… apoteosis de reverdecida esperanza,
para la tierra hundida en simas lujuriosas.
Si nacierais en el corazón, no proliferarían las penas,
su sangre sería verde, sosegada
y no la roja tensa del coágulo letal.
Postración ante un mito
Ellos adoraban a un dios perverso,
que cada 300 años les hacía un bien.
Llenaba la tierra de prosperidad:
abundaban las cosechas,
los rebaños lucían rozagantes,
el oro afloraba a la superficie de los peñascos
y las enviadas de la muerte tardaban en llegar.
Sus plegarias coincidieron con la decisión de su dios,
de fugaz esplendor como las estrellas viajeras.
Después vino el invierno:
lluvias torrenciales inundaron las praderas
y todo lo arrasaron a su paso;
la peste diezmó la población
y los vivos buscaron ocupación en la guerra;
pero, con obstinación, continuaban adorando a su dios.
Le pedían que aplacara su ira y fuera otra vez
benévolo con ellos.
Este dios, clemente, sólo escuchó el eco de sus voces,
dispersas por los aires, al cabo de 300 años.
Cuadro
El ave que vuela en el cuadro
es una evocación.
Es la melancolía de una tarde sin alas.
No es precisa su figura;
vuela sobre el mar
y puede ser un albatros, o una gaviota.
El ave que vuela en el cuadro
tiene el misterio de la detención
de su vuelo.
Es una pincelada de tristeza sobre el cielo marino,
la audaz sonrisa del que se hunde sin escapatoria
y la mira por última vez.
Le sonríe su pintor, que decidió ahogarse,
pintándose.
A las puertas del infierno
En las puertas del infierno se lee:
“Sólo entrarán los hijos del mal”.
…Y entraron todos.
Los cuervos les arrancan los ojos a los muertos. Y tú con tus
puntiagudas
uñas aún escarbas en las cuencas de los vivos
Ajustes de la memoria
Ajustes de la memoria
El día de los levantamientos, que será cualquier día,
se verá mi rostro de resplandor, con su permanente mohín
de azucena. Y, en la frente, sus lagos de un azul inagotable.
Alguien que pende de mí toca el laúd y no ceso de escuchar
la misma melodía.
Las alas de mis pies vuelan sin alcanzar la cumbre,
porque la cumbre está donde yo estoy: yo soy la cumbre,
desde donde resplandecen los corpúsculos de fuego.
Interminable es el desfile hacia el fondo de mi brazo empozado,
donde se fundirán o extinguirán todas las cosas.
Soy todo y la nada es mi identidad.
Temida y amada.
Máscara del tiempo, cobijo de mi engendro
que nació y no morirá jamás.
Y, en la antesala de la ausencia, sólo quedaremos este hijo y yo.
Y, en la antesala de la ausencia, sólo quedaremos este hijo y yo.


